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Entre las sombras marchitas de los continentes heridos, se manifiesta el con­tinente helado, donde el sol se alza lige­ro, por un empuje levísimo como labios de delirio, se abre al cielo garzo de ojos infinitos. Así la gélida Antártida se reinte­gra al seno de la luz, paralela en su amplitud despejada al cielo raso.

Lechosas olas en letargo se amparan en las crudas aguas del océano, montañas de azúcar vagan a la deriva como lunas sin firmamento. En silencio flotan témpa­nos en un mar sin temblor.

Los serenos pingüios a lomos del horizon­te, se deslizan supremos en los músculos fríos del hielo.

En un amanecer sin mancha, con la reti­na resplandeciente, sin soplo de ventisca, sólo un frescor inmortal.

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Ocurre que de vez en cuando echo de menos ver el mar, y en unos días libres de quehaceres, hicimos una escapada mi marido y yo a un lugar que nunca me deja de asombrar, Mallorca. Pero hoy precisamente no voy hablar de las calas de aguas y fondos claros, de esta impresionante isla. Después de pasar unos días en la costa, decidimos visitar las tierras de interior de Mallorca , habíamos alquilado un coche, y atrás iban quedando los granos de arena y los embistes de las olas contra los acantilados refugios de pinares, nos fuimos introduciendo en la llanura. Mallorca nos presentó otra cara, la de los almendros de flores nacientes, rosáceos hechizos para los sentidos, algarrobos frondosos, ovejas y cabras pastando en los llanos y en los ribazos y el dominio del cielo azul abriendo la mañana, disfrutando de estos parajes bellísimos que contemplaba desde la ventanilla del coche  llegamos al  Centro geográfico de Mallorca SINEU; un pueblo amable de antiguas fachadas, de gentes cordiales.

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