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Posts Tagged ‘novela’

Era sábado, por la ventana entraba una luz, que reflejaba el día maravilloso que íbamos a tener, sin una nube, un cielo azul reflejo de mar. Me di cuenta que pensé de una forma poética, sería la convivencia con mi  madre que es escritora, ensalzadora de la belleza como cumbre del arte, supongo que todo un poco se pega. Me levanté de un salto, el día se presentaba fabuloso. Después de desayunar, mi padre y yo teníamos previsto subir a la Morcuera, en la bici, para desde allí ver llegar a los ciclistas en la vuelta a España, camino de Navacerrada.

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“Con el corazón alegre, los pensamientos son deliciosos… Cuando el chocolate se mezcla con el azúcar” me decía mi abuela, “incorpórale un toque de canela en el puchero, la densidad del humo flotando en el aire mientras hierven los cálidos vapores de la leche, perfumados de especias dilatan la memoria”, luego se acercaba al jardincillo de matorrales y cogía un ramillete de tomillo para la codorniz, y los aromas pedaleaban en el aire; sacaba de la alacena unas tortitas de matalahúga y ponía en mi boca una cereza con unas gotitas de anís. Repartía sorpresas y golosinas de dioses, tocinitos de cielo y mazapanes. En el bolsillo de su delantal siempre llevaba alguna almendra garrapiñada para endulzar cualquier refunfuño o enojo infantil. Atesoraba el júbilo de los niños, nos inventaba silencios cuando contaba historias, y nos pasaba la mano por el corazón entusiasmado.

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Author: A. De Cara 1997

Por encima de una mañana otra mañana se levanta y el volcán del cielo despeña ondulantes soles como vientres de verano. La paja celeste arde en la expresión azul que se desmenuza en jiro­nes de polvo pisoteados por rebaños de cabras, turbando el horizonte como una alucinación. En la árida estera de la tierra las tiendas de campañas de los trashumantes hindú­es, exhalan vómitos de hombres exáni­mes.

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Entre las sombras marchitas de los continentes heridos, se manifiesta el con­tinente helado, donde el sol se alza lige­ro, por un empuje levísimo como labios de delirio, se abre al cielo garzo de ojos infinitos. Así la gélida Antártida se reinte­gra al seno de la luz, paralela en su amplitud despejada al cielo raso.

Lechosas olas en letargo se amparan en las crudas aguas del océano, montañas de azúcar vagan a la deriva como lunas sin firmamento. En silencio flotan témpa­nos en un mar sin temblor.

Los serenos pingüios a lomos del horizon­te, se deslizan supremos en los músculos fríos del hielo.

En un amanecer sin mancha, con la reti­na resplandeciente, sin soplo de ventisca, sólo un frescor inmortal.

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